Desde nuestra primera cita, los sms se convirtieron en un aliado imprescindible para nosotros. Los viajes y las reuniones a las que constantemente debíamos asistir nos impedían vernos e, incluso, mantener una conversación telefónica la mayor parte de los días laborables.
Procurábamos escaparnos los fines de semana. Buscábamos un lugar alejado de los obstáculos cotidianos y, como poseídos, nos entregábamos el uno al otro.
El regreso cada lunes a la vida real se iba haciendo más difícil con el paso del tiempo.
- Ya estoy echándote de menos, y aún estás conmigo.
Al oírlo, se me inundaron los ojos de lágrimas.
Aquella despedida estaba resultando especialmente dolorosa. Durante tres largas semanas no podríamos vernos, y yo no conseguía reunir fuerzas para dejar de besarle, coger mi bolsa de viaje y salir del coche.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que, sin saber cómo, me vi en el ascensor, camino de mi apartamento. Zumbaba en mis oídos su voz entrecortada por la emoción:
-Te quiero. Lejos de ti no hago más que contar las horas que faltan para tenerte entre mis brazos.
Estaba ya en casa, soñando aún con los ojos abiertos, cuando llegó su sms:
“Ma cherie, 4 heures pour te prendre dans mes bras...”
Pasaron minutos antes de que lograra comprender.
Esa noche él viajaba a París.
Había sufrido un error al seleccionar el destinatario.
Al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina que lame el Duero! Un musgo amarillento le mancha la corteza blanquecina al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores que guardan el camino y la ribera, habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera va trapenado por él, y en sus entrañas urden sus telas grises las telarañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero, con su hacha el leñador, y el carpintero te convierta en melena de campana, lanza de carro o yugo de carreta; antes que rojo en el hogar, mañana, ardas en alguna mísera caseta, al borde de un camino; antes que te descuaje un torbellino y tronche el soplo de las sierras blancas; antes que el río a la mar te empuje por valles y barrancas, olmo, quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.